Andre miró el sobre sobre la mesa y luego a Don Marcus. La rabia que lo había consumido durante años comenzó a disiparse, reemplazada por una abrumadora sensación de alivio que le dobló las rodillas. Se dejó caer en una de las sillas del comedor, apoyando los codos en la mesa y cubriéndose el rostro con las manos.
Nia caminó despacio hacia él, dejando a Leo dormitando en el sofá con su juguete. Se inclinó sobre su esposo, rodeándole los hombros con sus brazos y apoyando la mejilla contra su espalda.
—Ya pasó, Andre —le susurró con ternura—. El peso se terminó.
Don Marcus inclinó la cabeza en señal de respeto, dio media vuelta y salió en silencio por la puerta principal, perdiéndose en la penumbra de la calle sin pedir nada a cambio.
Minutos más tarde, la calma regresó a la casa. Andre se levantó, tomó a su pequeño hijo en brazos y lo llevó con delicadeza hasta su habitación, cobijándolo en su cama. Al regresar a la sala, encontró a Nia recogiendo los platos de la cena para calentarlos en la cocina.
—Lo siento tanto, Nia —dijo Andre desde el marco de la puerta—. Pensé que ser fuerte significaba cargar con todo el dolor en silencio para que ustedes no sufrieran.
Nia dejó los platos en la encimera, se acercó a él y le tomó las manos con firmeza.
—Ser fuerte es confiar en que somos un equipo —respondió ella con una sonrisa serena—. No necesitamos secretos para estar a salvo. Necesitamos la verdad, por más difícil que sea.
Aquella noche, mientras la comida finalmente se calentaba y la casa quedaba en absoluto reposo, Andre y Nia se sentaron juntos en el sofá. El miedo al futuro había desaparecido, reemplazado por la certeza de que, mientras permanecieran unidos, ningún obstáculo podría derribar el hogar que habían construido con tanto esfuerzo y amor.
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